martes, 3 de agosto de 2010

¡Equilicuá!

Captar a las personas es algo que siempre se me ha dado bien. Con un ligero intercambio de palabras y un par de gestos, puedo deducir con que tipo de persona me encuentro. Lo más siniestro de todo esto, es que la gran mayoría de las veces tengo razón, y eso me preocupa.
Me preocupa enormemente juzgar a la gente sin conocerla. Para nada soy perfecto, y con también alta frecuencia me equivoco en la gran parte de las cosas que hago (aunque no sea este el caso). No es sano encerrarse en tu mente y empezar a especular de los ajenos, porque al fin y al acabo no das la oportunidad de dejar que la persona se muestre como es de verdad. No se puede juzgar a la gente, hay que dejar pasar ciertos aspectos para luego poder llegar a la esencia de todo. Entonces es cuando sí que se puede hablar (eso se aplica a todos los aspectos de la vida, a mi parecer). De esta manera, he llegado a la conclusión de que debo ser más flexible.
Ser flexible es algo que siempre he admirado. No me refiero a poder ponerte la pierna por detrás de la cabeza, ni a doblarte tanto que casi puedas acostarte sobre tu espalda. Me refiero a ser una persona de centro, de ideas volubles, una persona que pueda reflexionar y absorber del medio todo lo que pueda para poder formar una opinión sobre las cosas óptima. Una vez preguntándole a mi padre de qué partido era, caí en la cuenta de la razón que tenía al contestarme con: “Mi corazón está en la izquierda, mi cartera, en el bolsillo derecho, pero mi cabeza, en el centro”. No te puedes obcecar con extremos ni ideas totalitarias, porque eso te hace alejarte de las personas. Las personas no somos blancas o negras, paseamos por el centro. No se puede ser sí o no, de izquierda o de derecha. No se puede juzgar a una persona por lo que piense o sea.
Hay que ser persona, y las personas piensan.

sábado, 31 de julio de 2010

Siete vidas tuvo el gato

Siete son sus canciones.
Seis sus suaves caricias.
Cinco el entrecruzar de nuestros dedos.
Cuatro las miradas apasionadas.
Tres sus acuciantes susurros.
Dos sus hermosos ojos.
Y un único beso que añora pensando en que siete vidas es poco.

jueves, 29 de julio de 2010

Frenética insania

Libros en manadas, balas y baladas, larvas enervadas, y una cuna de canciones amargadas, se pasean libremente por mi mente cuando cruzo esa línea de entresijos de palabras que me atan al muro de la realidad. Crueles carceleros son los sentidos, que vigilan mi prisión y me engañan silenciosamente, intentando convencerme con sus espejos, que su reflejo es el camino hasta la más cruda verdad.
La lógica, cumple su papel, nutriéndose de los sentidos, para taladrar sobre mi frágil ser y evitar que obtenga la fuerza necesaria para romper estas cadenas forjadas mediante palabras de la razón. Por ello, y para poder ser libres, debemos derribar ese muro, romper las cadenas, y liberarnos de la dictadura de la lógica, para así poder entonces, utilizando la esencia más pura y simple, llegar a siquiera rozar con las yemas de los dedos, la única verdad: que no existen las verdades.

lunes, 26 de julio de 2010

Cordial puñetazo a la idiotez

Algunos razonamientos tienen tan pocas luces que es casi como pararte a ver la teletienda. La única diferencia entre el tío que te intenta venderte un VibroAcomodator 3000 (mayormente conocido como taburete atado a un cojín que vibra igual que cuando te tiras un cuesco) y esta gente que verborrea sin saber, pretendiendo a base de vocablos hipertrofiados convencer al contrincante de que tiene una soberana razón, es que uno te tima ganando dinero, y el otro tima ganando ignorancia, y encima se da el gusto de creerse que ha ganado algún tipo de competición.
El arte de discutir (¡Debatir! Diría mi querido profesor de historia…) es inigualable, eso no lo dudo. Muchas veces el debate es imprescindible para sacar al vuelo miles de aspectos de un tema de los que no podrías haberte percatado sin catar la esencia del choque de ideas. Siempre que puedo, de hecho, intento ponerme del lado minoritario, pero no para llevar la contraria como creen algunos, sino porque el jugo se consigue solo cuando puedes aportar algo diferente de lo que crees tú (¡Incluso si yo estoy de parte del otro lado!). Aun así, y al fin y al acabo, no hay lados ni verdades plenas, solo un inmensurable número de conjeturas y razonamientos que cada uno a trabajado de sus experiencias propia. Todo es subjetivo, hasta lo más objetivo (¡Que la caja es verde!, dirán. Pues verde para ti, porque yo veo una caja verde-fucsia fosforito mezclado con un intenso olivo otoñal.)
Sin embargo, y volviendo al quid de la cuestión, desde hace un tiempo me doy cuenta de que la gente, sobretodo gente joven (de mi edad, aún me considero joven, sí, aunque para algunos llegar cerca de los veinte es similar al cabreo que tendría el payaso de McDonalds si llegase un tío vestido del Rey de BurgerKing y pidiese cien hamburguesas de un euro) se comporta cual pared de frontón al discutir, y procura destruir todo lo que es este arte del que hablaba antes. No solo dice cosas sin sentido de cuestiones que quizá ni le vienen ni le van, sino que absorbe de su círculo más cercano algunas ideas que pululan amablemente en ninguna parte, para posarse sobre su mente y arraigarse como propias. El gran problema de esto es que están ahí, pero no tienen razón de estar, por lo que empiezan a utilizar razonamientos propios de borrego de granja (Pensad en una persona pero rebuznando).
Dígame usted que coño tiene que ver una gallina con un toro, por sacar un tema controvertido. Sí, nos comemos la gallina, se cría para ser devorada por nosotros (la peor de las especies) y las granjas son lamentables en la mayoría de los casos. Nacen para morir, según los taurinos igual que el toro bravo en una corrida. Pues mire, sí, puede rebuznar cuanto quiera, y repetir el mismo argumento cual pared de frontón cada vez que le diga algo como que la gran diferencia entre matar animales para la diversión de una minoría y la de ingerir alimento, es demencial. Por favor, no haga como el loro que repite todo lo que le dicen de pasada. Podría decir mil argumentos más que utilizan para dejarse más en evidencia, pero sería pasarse.
Y tras esta parrafada, un cordial saludo, y que pase un soleado día de verano (¡Porque aquí tan solo salen nubes!).

viernes, 23 de julio de 2010

Delirios de insignificancia

Y miro hacia atrás, nada me queda ya. Ni amigos ni familia, ni buenos recuerdos, ni amores, ni cuentos que valiesen la pena contar. Lo único que me espera es escasos instantes antes de lo que parece ser el final de un largo camino. ¿Vida? Supongo que se podría llamar así.
Nadie me acompaña ahora. Me arrepiento de todo. Me arrepiento no haberla apreciado, y de haberla separado cuando estaba más cerca de mí. Me arrepiento de haberles dicho que no les quería, de que estaba mejor solo. Me arrepiento de no haber aceptado su ayuda y haberles dejado por dedicarme a un trabajo que me absorbió todo mi tiempo. Me arrepiento de no haber hecho ese viaje con ellos, de no haber viajado, de no haber conocido a otros, de no haberle dicho que volviesen.
Me arrepiento, pero lo hecho, hecho está. Y ahora voy a pasar la barrera, aquí tumbado en esta incómoda cama, tragando potaje precocinado con pajita, y me siento hundido, y me siento solo. ¿Cómo pude pensar que yo era el único cuerdo?
Viví sin vivir, viviendo que sentía, sintiendo que compartía, y pensando que hacía lo correcto, para fracasar en lo más profundo de mi ser.

Espero que mi alma me perdone, y que mi cuerpo me acune, cuando dé mi última calada, porque al fin y al acabo, soy lo único que alguna vez tuve.

jueves, 22 de julio de 2010

Perfiles P3 (Final -largo)

La salida daba a una pequeña pradera que continuaba hasta una especie de acantilado. La brisa era suave y el tiempo adecuado. Los pies del señor degustaron una aterciopelada alfombra que se continuaba unos metros más adelante hasta una especie de trono negro de un material metálico. A un lado de este, una silla colocada milimétricamente y mirando hacia el horizonte, al igual que el trono, donde la luna se alzaba esplendorosa bañándose entre las estrellas de verano.
El señor se acercó posando lentamente su bastón. Pasó ambas silla y trono, a la vez que la cabeza de la persona sentada se giraba hacia él. Esperó hasta que el señor se giró y se retiró la caperuza.
Este, no aparentaba más de una veintena años, pero parecía tener mil más. El pelo era blanco y sedoso, cayendo largo por su espalda y hombros. Un rostro con ojos negros hundidos, y piel extremadamente blanca y desgastada, se mantenía sobre un débil cuerpo encorvado.
-Bienvenida a mi hogar. Espero que te haya resultado cómodo el viaje – saludó el demacrado joven.
-No sé cual es tu concepto de comodidad – dijo con tono crispado una mujer morena de pelo largo – Y menos de hospitalidad – volvió a decir mirándose las ataduras de manos y pies a la silla.
-Es por seguridad, te necesito esta noche conmigo… hermana. Ahora que estoy aquí, podemos desatarte, y dar un paseo – al decir esto, unos guardias cortaron sus ataduras, y la levantaron bruscamente por los hombros. La mujer se zafó con unos manotazos, y caminó hasta su hermano. Era una preciosa mujer morena de ojos verdes que emanaba unas sensaciones de bienestar inigualables.
Al acercarse, su hermano dio unos pasos hacia atrás.
-Me ciegas, hermana. Veo que sigues estando como siempre, y cada vez más bella.
-Y tú, hermano, cada vez más muerto – arremetió la mujer morena.
-Caminemos… - impuso, a la vez que ignorando su comentario.
Empezaron a caminar hacia el risco. Al ir acercándose pudo comprobar que el acantilado era en realidad una especie de valle, que daba a una ciudad. En la noche, esta ciudad brillaba intensamente por la cantidad de luces encendidas en todos los lugares. Una gran urbe muy parecida a la de la maqueta, casualmente.
-Antes aquí había un bosque y un lago. ¿Lo sabías, hermana?
-Me lo contó Madre.
-¿Por qué ahora no está? ¿Lo sabes? – increpó.
-Construyeron sobre él, y contaminaron el lago, pero estoy seguro de que eso ya lo sabías. ¿A dónde quieres llegar?
-¿Por qué tanta indiferencia cuando le están haciendo daño a Madre?
-Ya sabes lo que dijo acerca de esto. Es inevitable, solo somos observadores, imprescindibles para que todo siga y se equilibre.
-Eso es mentira, podemos interactuar, Esperanza. Todo era mentira, nos engañaron, ¿y todo para qué? ¿Para ver como nuestras raíces se pudrían por culpa de una egoísta plaga que pisotea la vida? – se exaltó el joven, mientas cortaba el aire con una siniestra mirada a su hermana.
-No lo hagas, Víktor. Bastante has hecho sorbiéndoles los sesos a esas personas que te siguen. Haz caso a Madre, y deja que todo conti…
-¡No! No…Después de tanto tiempo, este gran día, los peores enemigos de todo lo vivo sufrirán lo que es perder lo único que les mantiene con vida, hermana. ¿Y sabes qué es?
-Ya entiendo a qué se refería Madre cuando me hablaba de ti y me decía que no dejara alimentarte entre las personas. Siempre tuve esperanza en ti, y qué ironía, que sea eso lo que quieras quitarle a la humanidad. Cuando lo hagas, no solo acabarás con ellos, sino con todo. Matarás a tu madre.
-Mientes, una y otra vez. ¿Crees que me gusta en lo que me he convertido? ¿Crees que esta locura que me consume es de mi placer? Te equivocas, sentir como Madre gritaba, sus alaridos de dolor son lo que me han demacrado, lo que me han hecho alimentarme del odio de ese cáncer que la está corroyendo.
-Madre es sabia, por ello permite que ellos vivan sobre ella. Sabe lo que hace, y nos crió para preservar todo lo que habita en ella. Somos parte de ella, al igual que esos que quieres exterminar.
Esperanza mantenía la mirada fija en su hermano, que parecía desquiciado ante las palabras de su hermana. Se le clavaban lentamente por su cuerpo, como si fuesen cuchillos. Cada sílaba le hacía sentir más seguro de que tenía razón. Se giró, ondeando la capa, dejando a su hermana detrás y volviendo a mirar a la iluminada urbe.
-Se matan entre ellos, y en su camino destruyen, queman y construyen sobre ella, para volver a derruir y construir, derruir y construir… Dolor, muerte. Oigo como agonizan las víctimas de las guerras, las víctimas del hambre mundial, las víctimas de las infecciones letales y los lloros de las pérdidas ajenas. ¿Madre también quería que escuchase todos sus lamentos?
-Madre confiaba en ti, por eso te ofreció la tarea más difícil a ti. Ella también llegó a tener esperanza en ti, pero se terminó dando cuenta de su error. Además, yo también trabajo duro para preservarla.
-Déjame librarte de tu tarea pues, Esperanza – se giró. El bastón había desaparecido y en su mano una daga curvada de empuñadura del color de la sangre.
-Víktor… no lo hagas. No tienes ni idea de lo que vas a hacer… Condenarás a todo lo que alguna vez quisiste proteger. No lleves la balanza hacia tu lado, debemos estar juntos, debemos esperar a que todo siga su destino.
-Pienso coger las riendas de esto. No pienso dejar que la humanidad siga destruyendo la tierra, a nuestra madre. Con esta daga pienso vengar todo el daño que le han hecho, y para ello…Esperanza, debo acabar contigo – pronunció clavando su daga en el vientre de la joven – Perdóname, hermana, pero como puede comprobar, nunca fui un observador. Tu sacrificio nos salvará a todos…
-Víktor…acabas de arruinar todo el trabajo de millones de siglos de Madre… Acabas de condenar todo lo que alguna vez existió… solo… - intentaba vocalizar mientras un hilo de sangre caía por su comisura – solo… queda muerte para ti. La desesperanza de todas las almas te consumirá y Madre morirá…
Esperanza cayó contra el suelo, y quedó inerte sobre un charco de sangre. A su vez, su hermano soltó la daga y pudo observar por fin su obra maestra, su maqueta incompleta: el fin del tormento de la tierra, el fin de la peor plaga que jamás existió, el fin de las personas.

lunes, 14 de junio de 2010

Perfiles P2.

Tras un corto silencio, volvió a escucharse unas pisadas desde la puerta.
-Todo está listo, mi señor – informó un servicial joven.
Se giró el encapuchado señor, y con lentos pasos se encamino hacia la salida. Tras esto, el joven se acercó a la mesa a cubrir la amplia maqueta con un sedoso manto. Volvió a la oscuridad y la habitación volvió a su implacable silencio tras un portazo metálico.
Sus pasos eran apresurados, la decoración tétrica y el ambiente húmedo. Recorrieron un pasillo de madera con una alfombra rojo carmesí que cubría el camino hasta una puerta del mismo tamaño que la anterior. Continuaron ambos y se pararon tras pasar la puerta. La puerta se cerró y empezó a moverse hacia arriba el ascensor. A ritmo de la quinta sinfonía de Beethoven continuó el tramo de ascensor hasta que un golpe seco les detuvo en un piso muy superior al que estaban hace un momento. Salieron sendos encapuchados y continuaron sin dilación por otro pasillo que tenía una decoración parecida. Esta vez el corredor era más ancho y había más luz ambientada con candelabros, pudiéndose descubrir un poco más sobre los dos individuos. El supuesto señor, caminaba utilizando una especie de bastón que apoyaba con sumo cuidado al caminar, por lo que no producía sonido alguno al moverse. Estaba hecho de metal negro, con una gran piedra roja en su extremo superior. Portaba además una capa negra con capucha cubriéndole en su totalidad el rostro, y unas botas de cuero negras. Sus pasos eran irregulares y su porte encorvado.
Su acompañante, el joven, iba vestido con otra capa y caperuza, pero en este caso de un color rojizo como las alfombras. De una mayor altura y complexión fuerte, con porte estricto y erguido, se alzaba tras él como un guardaespaldas avizor.
Llegaron al fin a un trecho en el que aparecieron a los lados del pasillo unos individuos vestidos de una forma idéntica al joven acompañante. Se alzaban imponentes a los lados, dispuestos de forma totalmente uniforme y apoyando a su lado unas gujas medievales. Sus miradas impasibles no se cruzaron ni se movieron ni una sola vez mientras desfilaba su señor.
Al llegar al final, uno de los soldados, que se encontraba expectante, se adelantó y se arrodilló, dejando sobre el suelo su asta. Ante esto, y después de esperar unos segundos, el señor levantó dos dedos y los agitó en el aire para que empezara a hablar.
-Eminencia, la señorita le espera fuera. Todo está listo para el gran día. Permítame decirle que estoy muy emocionado mi… -el señor hizo un gesto con los dedos indicándole que no siguiera hablando.
-Silencio. No me interesa – apretó un botón de la pared, y la siguiente puerta metálica se abrió dejando entrar un torrente de luz lunar – Lo único importante será que pronto la curaremos de su enfermedad. Este cáncer ha de ser exterminado a toda costa.

sábado, 12 de junio de 2010

Perfiles P1.

La única claridad de la habitación era una tenue luz blanquecina que daba cobijo a las sombras en las esquinas más oscuras. Una solitaria mesa y un taburete tallados a mano esperaban en silencio en el centro de la supuesta sala. Sobre la mesa, una realista maqueta se alzaba grandiosa. Se trataba de una réplica de una metropolita con pequeñas figuras humanas cubriendo su extensión. Postes de luz, parques, rascacielos, restaurantes y demás, todo en su lugar y situado con sumo cuidado, todo dentro de un estricto plan geométrico. Hasta las figuras tenían rostros dibujados. Además ninguna de estas se parecía entre si, y todas tenían sus diferentes roles asignados como una gran y utópica ciudad. De hecho, no había ni una sola persona que no tuviese en su lustroso rostro una amplia sonrisa. Un escrupuloso detalle que llegaba a ser hasta repugnante. El alto grado de perfección de aquella ciudad enardecía un ambiente de calma y neutralidad, que provocaba una sensación de tormenta próxima. Una obra maestra un tanto macabra.
De entre la oscuridad, donde no conseguían llegar los haces de luz, se abrió con un chirrido una puerta metálica, que provocó un golpe seco al chocar. Unas pisadas comenzaron a crujir las baldosas. Se detuvo cerca de la mesa, pero ahuyentado de la luz. Posó las manos sobre los bordes de la mesa. Sus marmóreos y esqueléticos dedos deslumbraron incluso con la débil luz de la lámpara que era sostenida por un cable. Comenzaron a tamborilear la mesa rítmicamente. El ruido no alteraba aun así el tétrico ambiente que se respiraba. Parecía como si fuese una sinfonía para los ciudadanos introduciéndose en sus maderos cráneos.
-Buenas tardes, caballeros. ¿Cómo se encuentran hoy? – Se deslizó de entre sus labios un áspero hilo de voz – Veo que tan felices como siempre, se deberán sentir orgullosos. ¿Perdone, cómo?
Cogió una de las figuras y se la acercó al oído, llevándola hacia la sombra que cubría su rostro a falta de luz.
-¡Muy cierto! Hoy es el gran día, Samuel – dejó la figura en su lugar, la cual pertenecía a un niño que sostenía una Biblia, con una sonrisa de un lado al otro de la cara – Demos comienzo a la fiesta nacional.

sábado, 29 de mayo de 2010

La playa

Se agachó de rodillas sobre la arena. Esta le producía una extraña calidez en los pies, y le ponía nervioso. Atrapó un puñado entre sus escuálidos dedos y se volvió a erguir, dejando que el torrente de arena se deslizase por ambos lados de su palma hasta posarse otra vez sobre el resto de la playa. Al desaparecer el último grano que podía caer, observó su mano, ensimismado. Quedaban unos cientos de ellos inmóviles pegados sobre esta. Se imaginó que cada uno de ellos fuese uno de los sueños que aún seguían en él, y que no se habían evaporado como el resto de granitos de arena que habían caído en el inmenso desierto arenoso de esperanzas rotas.
El mar, calmado, de vez en cuando, se acercaba tímidamente empujado por las olas, para arrastrar parte de estos sueños, y llevárselos a su interior.
Se quedó fijamente mirando el proceso. Parecía como si el mar intentase engullir estas esperanzas perdidas, ayudando a olvidarnos de todo lo que nos hizo sufrir antaño. Empezó él, a especular, sobre si el oleaje deseaba también arrastrarle a él hasta el fondo marino, o si su único propósito era en realidad el de hacernos olvidar nuestros dolorosos recuerdos.
De la misma manera, la orilla llegó hasta él, y le acarició el dorso de sus pies, produciéndole esta vez una calma infinita. Más tranquilo, sonrió deseando que todo lo que había pensado fuese de verdad, y que el mar realmente fuese ese amigo que siempre estuvo ahí. Había algo, y él lo sabía. Se volvió a mirar la mano, y con la otra sacó una arrugada servilleta, donde depositó con sumo cuidado las pequeñas y conectas esperanzas, deseos y sueños que aún quedaban en la palma de su mano. Asintió y los guardó con la servilleta en su bolsillo izquierdo.
Nunca había estado tan seguro de si mismo como en aquel instante.
Por fin sabía qué quería.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Oirte

Qué fácil sería acercar el oído a su frente y pararse a escuchar lo que piensa, aunque lo que fueses a oir no es lo que querías saber, pero es que una vez más las verdades golpean como puños.
Envidio a los ignorantes y a los despreocupados.
Qué bien viven.